Descripción
En esta obra, Ángel Alcalde dialoga con la intensidad visionaria de Vincent van Gogh, no desde la imitación, sino desde una afinidad profunda en la manera de sentir el paisaje como una fuerza viva y casi espiritual. Como en los cielos convulsos del maestro holandés, aquí la pincelada es latido y estremecimiento, materia en ebullición que transforma la realidad en emoción pura. Sin embargo, Alcalde va más allá, incorporando una rotundidad cromática y una corporeidad del terreno —ese rojo encendido, casi volcánico— que recuerda también la potencia expresionista de Emil Nolde, dotando a la obra de una identidad propia, arrebatada y profundamente contemporánea.




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